jueves, 27 de noviembre de 2014

Eva Méndes 
(Bandoneonista)



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 La Nación, Buenos Aires, agosto 2003

Recuerda que, en cierta oportunidad, Antonio Tarragó Ros
le repitió algo que a su vez le había dicho a él
Astor Piazzolla: "Los bandoneonistas van al cielo, los
acordeonistas, no". Pronto, Eva Méndez supo que a la
alta complejidad del instrumento tanguero por excelencia
se sumaban otros contratiempos si la ejecutante era mujer.
Pero se animó igual y ya lleva 33 años de carrera junto al
fuelle, siguiendo el camino abierto por Francisca Cruz
Paquita Bernardo a principios del siglo XX, pionera en
desafiar el monopolio masculino en la materia.

El primer gran enfrentamiento de Méndez con la resistencia
masculina fue a los 15 años, cuando tocó en un cumpleaños
que terminó en la comisaría. Una carcajada estruendosa la
ofendió cuando explicó que había ido a la fiesta con su
papá sólo para tocar el bandoneón. Enfurecido, el comisario
la amenazó con medidas extremas por "tomarle el pelo". Ella
pidió su instrumento, un banquito y dejó a todos atónitos
con Quejas de bandoneón. "¿Quiere un café o... un vaso de leche?",
le ofrecieron como disculpa después de los aplausos.

La anécdota es similar a otras tantas, más sutiles, que le s
iguieron. Hasta hoy. "El machismo es muy grande. A veces, una
mujer no encaja en una formación de hombres. Otras, te contratan
porque llama la atención, pero después te escuchan y son
implacables. Si sos mujer y te equivocás... no hay perdón.
Es una gran responsabilidad", confiesa.

De todas formas, eso no le ocurrió nunca con la moderna
orquesta de señoritas que formó en su juventud, por sugerencia
de Edmundo Rivero, Las Tanguistas, con las que recorrió América
latina. Y tampoco en su carrera solista, que la llevó a compartir
escenarios con Roberto Rufino (que la llamaba solamente María,
su primer nombre), Cacho Castaña (con quien tocó tres años) y
con Susana Rinaldi, en el recordado espectáculo Gotán.

Por una cabeza

Todo empezó a los cinco años, cuando ignoraba que el badoneón
era cosa de hombres. Le pidió a su tío, Alberto Las Heras, que
le enseñara a tocar "esa cosa cuadrada y negra" que él dominaba,
el mismo instrumento que hoy ella usa en sus espectáculos y besa
al final de cada función.

"Tiene un ángel", explica. Su mentor tenía doce años cuando le
pidió a su mamá que se lo comprara. Española humilde, pero tenaz,
le dijo que iba a jugar a las carreras y que, si ganaba, se lo
compraba. Por una cabeza, la suerte quiso que el Doble A nacarado,
una reliquia alemana, fuera a parar, una generación después, a las
manos de Méndez.

Como sabía leer desde los cuatro años, no tuvo problemas para
interpretar pentagramas, y con cinco horas diarias de estudio,
a los ocho dio su primer concierto en el Club Isondú de Flores,
su barrio de siempre.

"Mi mamá me vestía con smoking y me armaba bucles rubios que me
llegaban hasta la cintura. Me acuerdo como si fuera ayer que la
primera canción que toqué, Mariposita, me hizo lagrimear por nervios
o emoción, pero igual completé los ocho temas", relata.

A los trece cambió la instrucción familiar por el Conservatorio
Manuel de Falla. Participó en Grandes valores del tango, tocó en
el Viejo Almacén, editó un CD y tiene otro en preparación, y
Horacio Ferrer la incluyó en El libro del tango, entre otros
hitos de su carrera.

Ahora se dedica a lo suyo, a la interpretación de tangos
instrumentales en Sabor a Tango, un rincón bien porteño de
Balvanera. "Estoy disfrutando de lo que hago", asegura.
Dejó los viajes para estar cerca de su hijo de diez años,
el Dandy, como lo llaman, porque cada vez que va a verla
actuar, se viste de traje, con el mismo respeto con que
su madre honraba a la música cuando tenía su edad.

María Paula Zacharías